Niñeras aviesas y familias (im)perfectas

«Canción dulce», de Leila Slimani

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«Children». // Autor: mrhayata.

No es una nana, ni una melodía infantil. Si la segunda novela de Leila Slimani, Canción dulce (Cabaret Voltaire, 2017), ganadora del Premio Goncourt 2016, fuera una canción, sería thrash metal. Ritmo rápido y cortante. Así suena el primer capítulo de esta obra, que corta el aliento antes de que arranque la historia que desemboca en esas primeras cuatro páginas. Sabemos dónde vamos a acabar desde la primera línea.

Antes de llegar a ese arranque, Slimani nos mete en casa de Myriam y Paul, un pareja joven parisina, con dos hijos pequeños, Mila y Adam. La llegada del segundo bebé trastoca «la perfecta mecánica familiar» y ella, que se había dedicado al papel de madre con entrega absoluta, empieza a necesitar salir de la burbuja de parques infantiles y pañales. Así que aprovecha un encontronazo casual con un antiguo compañero de universidad para volver a trabajar, pese a las reticencias de su marido. Y, para ajustar esa vida cuyas piezas empiezan a encajar mal, buscan a una niñera. Louise. La auténtica protagonista, que llega con sus suaves modales y su piel blanca como garantías, eso piensan, para el cuidado de sus hijos. De origen magrebí, Myriam no quiere ni marroquíes ni marfileñas en su salón. Desconfía «de la solidaridad entre inmigrantes». ¿Qué hubiera pasado si se hubiese quedado con Malika?

Pero es Louise, con su blusa de cuello bebé y su pelo rubio, la elegida, que, nada más llegar, se convierte en «un hada». Sus poderes, transformar esa casa caótica, asfixiante para los padres, en un lugar «apacible y luminoso» durante unos meses, los que tardará en fagocitar ese ambiente hasta que las riendas que ha tomado de manera silenciosa saquen a todos del camino. ¿Qué conduce a ese final? ¿El contraste entre la vida aparentemente modélica de la familia y el vacío de Louise? ¿Su desarraigo y sus penurias económicas? ¿Cómo alguien que sostiene así un hogar ajeno puede vivir prácticamente entre desechos? ¿Hubiera evitado el desenlace un tercer embarazo, buscado por la cuidadora?

Si hablo de una niñera malvada, podéis pensar que Canción dulce tiene la trama de una película de sobremesa. No lo es. Pero si no estoy triunfando entre muchos a quienes recomiendo su lectura (¡y la recomiendo!) es porque hablo de nanis siniestras y niños que sufren. Mila y Adam, como el resto de personajes de esta obra, padecen. Y Louise es aviesa. Una lástima que os lo perdáis.

Porque la novela ganadora del Goncourt es un thriller sobrecogedor, sí, e impactante, también, duro, pero a Slimani hay que leerla. El suspense sirve para acelerar su lectura, pero en su trasfondo están muchos de los problemas de la sociedad de hoy. Y quizás sea más duro identificarse con algunos de ellos que con el drama central. La difícil, cuando no imposible, conciliación familiar; las aristas del amor maduro y las dependencias que genera el dinero; el choque de clase; la fragilidad de los lazos naturales; la superficialidad de las relaciones humanas.

De todo ello habla Canción dulce, una novela que, en el fondo, se construye sobre instintos animales. «Animal» es la manera en que Myriam ejerce su maternidad con Mila y el modo en que Louise «construye pacientemente su nido en mitad de la casa», convirtiéndose «a la vez en invisible e indispensable». Los niños son «gatos domésticos», aunque a veces parecen más bien «perritos asustados», y el amor de su niñera se convierte en «súbito salvajismo» ante una mejilla blanda y suave que besa «con los dientes».

No es dulce, no. Es amarga. Y una de las revelaciones de 2017. La escritora franco-marroquí se presenta en el mercado español con un premio tan prestigioso como el Goncourt después de una primera novela sobre la adicción sexual femenina que no ha sido, todavía, traducida al castellano. Queremos más de Leila y parece que lo vamos a tener.●

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