El escritor francés cierra el «noir» de los cinco nombres

«Camille», de Pierre Lemaitre

0
«Murder». // Autor: Scott Cooper.

Cuando uno termina de acariciar la última página de Camille (Alfaguara), el último arrebato literario de Pierre Lemaitre, la sensación que sube del estómago a la boca se transforma en un regusto agridulce que tarda varios días en desaparecer.

De manera magistral, el escritor francés vuelve a conseguir traspasar y transgredir los cánones de ese género literario tan brillante y a la vez tan burdo y comercial como puede llegar a ser la novela policiaca. Camille, volumen que clausura (de momento) la serie del comandante Verhoeven, cierra el ciclo vital del protagonista, que transcurre a lo largo de todos los libros de la saga, y lo hace utilizando los recursos estéticos y narrativos por los que Lemaitre, a mi juicio, ha elevado la novela negra contemporánea a auténtica literatura de culto.

En Camille se explotan las virtudes narrativas de las que el autor ya ha hecho gala en sus obras anteriores, y la que más sorprende es esa forma directa, aséptica y cruel de contar con detalle los elementos más brutales y degradantes de la trama que afectan a los personajes, que sufren sin distancia el curso natural y siempre cruel de los acontecimientos. Tanto es así que, a veces, has de levantar la vista del papel, mirar hacia otro lado y coger aire esperando a que el capítulo relaje el nudo de la soga narrativa por algún lado. Así de apabullante es este autor, esta saga y estas páginas.

Se despide Lemaitre del comandante Camille Verhoeven, y lo hace con una lección apabullante de cómo, cuándo y dónde romper el sistema fundacional de lo que el protagonista de una novela negra debe ser. Queda para nuestro disfrute una saga de libros que renueva el género de manera prudente y acertada (aquí el autor se la jugó con un órdago que le ha salido bien a todos los niveles). Nuestro comandante es la némesis del antihéroe contemporáneo que se reza en la biblia básica de este tipo de novelas.

En el universo Lemaitre no hay inspectores fumadores, alcohólicos, deslenguados, adictos a cualquier cosa o sustancia y con vidas complicadas. En esta novela encontramos a un héroe víctima de la circunstancias, sí, que sufre y sufrirá complicaciones que le vienen impuestas desde fuera y que intentan estrangular la vida de un personaje de un metro cuarenta y cinco, sosegado, analítico y sin adicciones. Ese es el elemento transgresor y vital que rezuman las andanzas de nuestro protagonista y el nuevo reflejo que aporta Lemaitre a este nicho literario.

Alejado del spoiler, solo puedo recomendar la lectura de Camille por su brillantez y su acertado continuismo, haciendo mella en lo que mejor le ha funcionado siempre al autor: poner la lupa en lo más bajo de la acción y la degradación humanas y contarlo de manera fotográfica, cruda y desapasionada, jugando con las distancias y las personas narrativas.

La marca fundamental de esta obra es la capacidad de su autor para sumergirnos con la primera persona en el interior del personaje que más repudiamos, para sentirlo, para respirarlo y odiarlo y dejarnos respirar a gusto alejados del ala protectora de aquellos que nos gustaría tener cerca por empatía.

Este libro agobia, como Irène o como Álex, y, a la vez, nos hace cruzar los dedos para que Verhoeven no termine aquí sus historias ni Lemaitre cuelgue la pluma de la novela negra porque, con semejantes mimbres, quedan muchos cestos de ansiedades por hacer y disfrutar sufriendo. Sin que se nos note, eso sí, como hace este genial autor.●

Dejar respuesta