Crónica de la ruina humana

«De vez en cuando, como todo el mundo», de Marcelo Lillo

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Fin camino. End of Route 1 in Chile. Kevin Dooley's Pan-American Trek using Google Street View. // Foto: Kevin Dooley.

—¿Eres feliz?
—De vez en cuando, como todo el mundo.

Esta es la respuesta a tan espinosa cuestión que lanza el protagonista de «No era mi tipo», uno de los relatos que componen la presente colección y que se hace paratexto en el título, De vez en cuando, como todo el mundo (Lumen, 2018), compilación de 30 cuentos del escritor chileno Marcelo Lillo (1957). La respuesta es tan contundente como indeterminada, sugestiva contradicción que tomamos como puerta de acceso a su particular mundo recreado.

Pero empecemos por el principio: ¿quién es Marcelo Lillo? Si nos fiamos del epílogo de Ignacio Echevarría y de las reseñas y entrevistas que figuran por la web, iremos configurando la idea de un escritor huraño, de diálogo escueto, algo cínico, torpe en el contacto social, que se oculta en un pueblo costero y que escribe envuelto en caracoles de humo tras una ventana con vistas al mar. ¿Estereotipo? Puede ser. ¿Autoficción consciente? También es probable. No les será difícil encontrar alguna que otra declaración altisonante del autor que alimente esta imagen esquiva. Les aporto una muestra de una entrevista a cargo de Javier García:

No tengo ninguna opinión sobre la crítica, menos sobre la literaria. Es como hacerles caso a los vecinos cuando hablan de uno. Pueden decir lo que quieran de mí y de mis libros y no me importa porque no leo crítica. Y porque no me guío por la crítica. Nadie en sus cabales va a guiarse por un juicio de valor emitido por un desconocido.

A decir verdad importaría poco quién es Lillo y sus opiniones si no fuera porque aquello de lo que escribe, sus personajes y ambientes, se desenvuelve con similar impostura en un entorno que de tan vívido parece real.

De vez en cuando, como todo el mundo recopila la trayectoria adulta de Lillo en el terreno del cuento. Todo lo anterior nos es desconocido puesto que el propio escritor lo destruyó, así lo ha confesado. Su debut editorial fue en 2008, con 50 años. Al año siguiente salió un nuevo libro de relatos; después, un par de novelas; y en 2018 esta colección: cuentos extraídos de sus dos anteriores libros y doce nuevos. No hay desigualdad de estilo, la escritura de Lillo es ya tan sólida como la culata de la Colt 45 con la que pensaba suicidarse si no lograba vivir de sus textos allá por 2002. ¿Una nueva impostura? Juzguen ustedes mismos.

Está bien, pero ¿sobre qué escribe? Marta Sanz tiene claro que Marcelo Lillo «repite una y otra vez, bajo distintas luces, el dibujo del mismo árbol»; esto es, todo un catálogo de «familias disfuncionales, parejas que se van olvidando mientras ven la televisión, infidelidades, mujeres de rompe y rasga, padres y madres perdidos y reencontrados, la extrañeza de la propia carne…». Lean, por ejemplo, el inicio de «La felicidad»: «Lo único que hacíamos era mirar televisión. Hablo de mi mujer y yo; ninguno de los dos tenía trabajo y estábamos acostados todo el día. No pasábamos frío y a veces nos olvidábamos de comer». Es este un relato triste, de personajes entregados a la nada, y es de notar, de nuevo, el contraste con el título. Lillo es siempre hábil en la gestión literaria de lo fronterizo: «Llorábamos porque creíamos que nos íbamos a morir y eso nos alegraba y aterraba al mismo tiempo, una de esas raras mezclas que hacen que la vida no tenga otro nombre».

Parte de la crítica —el autor quizás no lo sabrá— ha señalado un cierto exceso (fingido) folletinesco: «A veces lloraba, no voy a negarlo para dármelas de hombre. Lloraba y dejaba que las lágrimas y los mocos corrieran por mi cara. La echaba de menos y eso debía significar algo, por supuesto, si antes nunca había llorado por otra mujer» («Cazadores»). No obstante, tal burla o «intuición sentenciosa» parte de la propia vida, «un género literario a veces […], moralista e hiperbólico», observa Sanz. Vida y ficción, el binomio eterno. Pero Lillo ejerce el acto de la escritura, y nos lo deja saber especialmente en los cinco últimos cuentos, en los que el protagonista es escritor o alguien con ganas o talento para serlo:

No sé cuántos relatos le desgrané en esos pocos meses, cuántos mezclé con mi propia imaginación ni cuántos le inventé porque de un rato para otro me quedé sin repertorio. […] Hasta yo me sorprendí muchas veces al oírme sin querer, cautivado sin proponérmelo por la trama de un relato que no sabía si lo había sacado de un libro o era pura invención mía o una mezcla de ambos. ¿Eso era ser escritor?, me preguntaba en silencio. ¿En ese consistía aquel oficio tan misterioso y fascinante, en conjugar lo sabido con lo inventado? Si eso era verdad, entonces yo era un escritor hecho y derecho al que no le faltaba ni una pizca de imaginación. («La enfermedad»)

De la misma forma que en sujetos como el anterior, hay en Lillo un ansia por relatar —por inventar— el mundo a su alcance, por construir para nosotros «el residuo moral del relato en sus orígenes», acierta a escribir Sanz, y de hacer ese trasvase desde los materiales de origen, entre los que la indolencia es pieza clave:

Indolencia en el tono desmadejado con el que son contadas las historias. Indolencia en las propias historias y en el modo en el que sus personajes amaron o dejaron de amar, si es que alguna remota vez lo hicieron. Indolencia en sus movimientos, en sus silencios, en la manera en que se refieren a sus recuerdos y experiencias, a sus propias vidas, que se asemejan a narraciones que se hubieran ido deshilachando por pura dejadez hasta perder la oportunidad de cerrarse con algo parecido a un desenlace.

Quien así razona es Iñaki Ezkerra, quien además destaca el «ritmo azaroso y despiadado» de los cuentos, la «economía estructural» tomada de Chéjov o el «estilo parco» traído del realismo sucio de Raymond Carver —«minimalismo americano a la chilena», lo denomina Rafael Gumucio, en una reseña recogida en el epílogo—. No hay dudas sobre las referencias literarias de Lillo, él mismo las reconoce, y no por eso deja de impresionarnos la sencillez y claridad expositiva y esas frases sueltas que estremecen de súbito al lector: «La mujer dijo que le dolía la cabeza y fue a preguntarle a la cajera si tenía analgésicos. Él la miró hablar con la cajera y le pareció una extraña; o una mujer conocida pero que estaba a mucha distancia» («Hablando de ballenas»). Fascina su estilo narrativo manso, sosegado, que podría fluir ad æternum. Todo lo cual visto desde fuera, claro, porque mientras estamos leyendo tal retórica cumple su cometido haciéndose invisible. Huelga decir lo complejo y meritorio de la empresa.

Empecé a trabajar, me casé, me separé al par de años y me puse a vivir con otra mujer. Dejé correr la existencia, que es lo que mejor sabemos hacer los humanos; vivir sin complicaciones, celebrar los cumpleaños y amargarnos los domingos en la tarde. Los que aborrecen este tipo de vida nos llaman perdedores o ganapanes, pero yo lo asumía con dignidad, después de todo no era alguien especial. («Plegaria por Mustafá»)

Si se fijan bien, Lillo no busca frases solemnes; todo el peso se desliza por debajo de una red de palabras que aparentan ser casuales. Fingida o no, la honestidad guía las narraciones de Lillo, los comportamientos resignados de los personajes, las decisiones narrativas en el ejercicio de contar, como decía más arriba: «No hay delito en ser uno mismo y no tener ambiciones o tenerlas muy pequeñas, en no ver más allá de la nariz, lo que muchas veces se considera un defecto», podemos leer en «40 Caballos». Así, con este paso atrás de autoconsciencia el escritor lleva a cabo una inteligente jugada: de un plumazo, toma distancia con respecto a sus narraciones —dando espacio a la ironía, a la burla del género antes referida— y además logra evitar con soltura los lugares comunes que le salen al paso:

Cualquier vida cambia con un suceso como ese, nadie queda indiferente porque nadie o casi nadie presencia el asesinato de su madre. Cambió la mía, no voy a decir en qué porque cada uno puede imaginárselo y siempre acertará porque los humanos sufrimos por las mismas cosas. («No era mi tipo»)

Al fondo, lo estamos viendo, persiste una aceptación de la ruina humana revestida de cinismo —«Cinco días más tarde un nuevo sujeto la volvía a ilusionar, porque ilusionarse es la principal característica de los perdedores y mi madre no era la excepción» («Una puta oración») o «desde que era niño ya estaba en mí la madera con que se esculpe la derrota» («Pobre Johnnie»)— y un marcado resentimiento universal, que unas veces es hiriente en el verbo —«Si mi madre era una puta entonces yo soy un hijo de puta, ni más ni menos, lo que de ninguna manera es para enorgullecerse» («Una puta oración»)— y otras se convierte en desahogo visceral:

Era uno de esos instantes en que me hubiese gustado abofetearla, tirarla de la melena, arrastrarla por el suelo para que se ensuciara la boca con tierra y experimentara lo que era ser una basura, que era como me sentía yo al tener una madre así. («Una puta oración»)

Lillo fija un techo para sus personajes que no pueden o no quieren sobrepasar. En el espacio irrespirable que se les concede, la televisión es diosa absoluta, a cuya fe los personajes se someten: «Las voces que escuchas son de la televisión, quizás el único invento capaz de salvarnos del desamparo» («Pobre Johnnie»). Son constantes las alusiones al medio televisivo, a menudo mudo, lo que daría lugar a un estudio más concienzudo sobre su obra: «Mamá se quejaba con la boca cerrada, sin palabras igual que la televisión» («Hielo»). Narcotizados y mugrientos, así se encuentran la mayoría de los seres que circulan por este inframundo: «Ahí estaba yo, hediondo a transpiración y pies, sin afeitar, pasado a cerveza y cigarro, sucio además, pero junto a mi padre cuando la mano del médico apagó las tres máquinas» («Pobre Johnnie») o «Me abrazó y dejó que llorara junto a ese cuerpo suyo pasado a humedad, como olían todos los cuerpos que estaban bajo la línea social a la que yo tenía prohibido descender, porque era como bajar a los infiernos» («La enfermedad»).

Llegados a este punto, ¿es que acaso no hay salida? Muy pocas, solo dos. La primera es la rendición a una idea sesgada del amor —«Le pertenezco y no porque me tenga comprado o trabaje en el negocio de su padre. Soy de su propiedad porque la amo» («¿Hasta cuándo crees que voy a amarte?»)—, de lo cual hay múltiples ejemplos. La otra salida es la fantasía de la ficción:

No es el oficio el que ha obrado milagros sino mi propio ocio, la desesperación de sentirme acorralado por mi propia vida, no tener más futuro, no crearme expectativas con las cuales fantasear tal como fantaseo con mis historias. Si soy un perdedor esta es la manera más esquiva de comunicarlo. («El otro Mississippi»)

Ante tanta crónica del fracaso habrá quien se sienta como si les estuvieran dando «gato por liebre. […] Viene un tipo que ha leído, medianamente bien a los norteamericanos, y todos caen rendidos a sus pies. Ingenuidad», como es el caso de Carolina Zúñiga; y otros a quienes entusiasme la habilidad narrativa del autor chileno, como a Rafael Gumucio, citado en el epílogo, capaz de cifrar la clave de su originalidad:

La gracia de lo que escribe Lillo no está en lo que muestra, o lo que quiere mostrar, sino en otra sensación secreta e invencible que está ahí muchas veces a pesar suyo… Lillo quiere ser normal y no lo es. Lillo quiere ser mínimo y no puede serlo. […] Es la sombra de una mente que ve lo que no ve nadie, aunque quiere ver lo mismo que todos, lo que me apasiona en Lillo.

En cualquier caso, vea el lector en la presente reseña un esbozo de la sórdida cosmovisión de Marcelo Lillo, el escritor que nos ocupa con De vez en cuando, como todo el mundo; un acercamiento que pretende alentar una visión favorable a la lectura de sus textos y un aviso ante lo que el lector se va a encontrar. Aunque al final, claro está, cualquier preámbulo va a quedar subordinado a las interpretaciones propias: «cada uno puede imaginárselo y siempre acertará», si parafraseo a Lillo.●

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