Los hijos bastardos de la democracia argentina

«Que de lejos parecen moscas», de Kike Ferrari

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Photo by Pete Johnson from Pexels.

Publicada originalmente en España por Amargord Ediciones (2011), Que de lejos parecen moscas, la tercera novela del argentino Kike Ferrari (1972), ha sido reeditada por Alfaguara (2018). Si bien es cierto que ya fue premiada en 2012 en la Semana Negra de Gijón (Mejor Ópera Prima Criminal), también lo es que el apoyo de Alfaguara le servirá para acceder al gran público, que hoy se acerca a ella atraído por el boom de la ficción criminal y por la nota biográfica con que han querido distinguir a su autor: es limpiador nocturno del metro de Buenos Aires.

Que de lejos parecen moscas es, grosso modo, una novela negra, pese a que el propio Ferrari prefiera describirla como un «viaje de iniciación oscuro» de su protagonista, Luis Machi; dos definiciones que no se contradicen. En efecto, en la novela hay crimen, uno en concreto que marca el devenir narrativo; hay atmósferas sórdidas, tanto a nivel de escenarios —suburbios, descampados, edificios abandonados, sangre, porquería— como a nivel mental y verbal —pesadillas, lenguaje violento y soez, odios latentes, droga—; y también hay personajes aparentemente buenos y otros aparentemente malos. Así pues, están todos los ingredientes esperables en una novela negra. Y además prende rápido: alguien ha esposado un cadáver al maletero del señor Machi; ¿quién habrá sido y por qué?, he aquí el runrún constante que guía la narración.

En la guantera está la Glock .45 que le regaló su amigo el Loco Wilkinson. El señor Machi la saca, confirma que esté cargada y sin seguro. Después sí, con la Glock apuntando al piso y el animal de la paranoia bien despierto, va hasta el baúl a buscar un cargador de repuesto.
Y entonces comienza la historia.

Pero en la base de la novela hay más: hay un retrato social de Luis Machi (¿alter ego de Mauricio Macri?) como un arribista abyecto en un contexto posdictadura: «Estamos ante una despiadada crítica —escribe Benito Garrido—, que pone de manifiesto la suciedad bajo la alfombra de una democracia como la argentina, todavía lastrada por un pasado relativamente cercano»; pero también hay un retrato personal de Machi como un nuevo rico vulgar, hortera y sin escrúpulos, alguien habituado a sembrar vientos pero no a recoger tempestades: «Porque pudo ser cualquiera […] de esas personas a las que ha aplastado sin pensarlo siquiera, porque para el señor Machi resultan tan insignificantes que de lejos parecen moscas», concluye Garrido. Así, la parte más oscura por más profunda del alma de Machi queda al descubierto: sus miserias y sus vulnerabilidades. Y al final todo es repugnante en su figura, algo que ya saben los demás personajes, que va sabiendo el lector y que ya sabía Kike Ferrari, cuya pretensión fue dar forma a «un malo malísimo, ejemplo de aberración extrema del individualismo, la versión plus ultra de lo que el capitalismo desea crear, para quien todos los que le rodean existen para que los utilice, sus hijos y su esposa son adornos que hay que tener», explica el autor en una entrevista a Anna Abella.

¿Por qué ellos están tan tranquilos y yo no?, se pregunta el señor Machi, ¿pueden pagar esos piojosos lo que yo pago para mantenerme a salvo y seguro? Niega con la cabeza, las manos atenazando el volante, como si de pronto odiara la suavidad del tapizado, la docilidad de la dirección hidráulica, la carrocería negra y perfecta. No le sorprende que eso —el cadáver, el baúl, el misterio— haya sucedido, lo que lo asombra es que le haya sucedido a él.

Cualquier intento de empatía con el lector queda abortado; téngase esto en cuenta a la hora de encarar la novela: «Este era el primer desafío: poder escribir 160 páginas de una persona que odias», reconoce Ferrari. «En realidad no hay ningún personaje que me caiga simpático en toda la novela», completa. Por coherencia, incluso el lenguaje se vuelve procaz, «duro, cayendo en la tentación de lo coloquial permanentemente», apunta Juliano Ortiz, y el narrador es consciente de este desdoblamiento necesario al acercarse a sus personajes:

Un tipo muy puteador, muy boca sucia, Pereyra.
Nunca dice callate, dice cerrá la concha o cosete el orto. No dice el tipo aquel, sino ese culeado hijo de puta. No dice linda mina, dice hermosa la puta abortera.

¿Significa esto que la novela carece de inspiración poética? En absoluto. Kike Ferrari conoce los límites del género, pero la rudeza y lo expeditivo de la narración no ocultan momentos de estimable tacto:

Dejaron sus vasos de coñac y sus cigarros Montecristo para verlo correr, abrazarse a otro jovencito —delgado y rubio— que lo esperaba cerca de la puerta y que, en el abrazo, le acariciaba la cabeza. Pudieron leer en los labios del chico delgado y rubio: no es nada, ya pasó, va a estar todo bien. Y segundos después, cuando el abrazo se deshizo como un nudo mal atado, los vieron caminar hacia ellos con las manos entrelazadas, escucharon el ruido sordo que hizo el peluche rosado de las esposas al caer sobre la mesa y a Alan que decía tené, papá, esto es tuyo.

Aunque en la mayor parte es una narración expeditiva, decía, rasgo que sin duda será uno de los más destacados por la crítica y apreciado en los foros. Ritmo ágil, frenético, intenso… podrán leer en la web refiriéndose a la novela. Todo eso es cierto, y existe una causa desencadenante; continúa hablando Ferrari: «La jugada de publicarla por semanas en el blog me obligaba a retomar la vieja idea de folletín, cada semana tenés que tener un capítulo escrito. […] Entonces hago una cosa ahí de aceleración en el proceso narrativo que yo entiendo que se debe reflejar en la aceleración, en la velocidad a la que la novela se mueve».

Y para subrayar la capacidad técnica de Ferrari, la forma se asemeja al fondo: un hilo principal (el cadáver en el maletero de su BMW) que abarca seis horas en la vida del señor Machi y se interrumpe para dar paso a monólogos y flashbacks como retazos de otras vidas, visiones, sucesos, que pueden o no estar relacionados con la trama central; pistas falsas o verdaderas, que el lector irá reuniendo en su cabeza para descifrar el interrogante. De resultas, «este uso del narrador consigue amplificar la acción de un modo brutal y nada anodino», señala Daniel González Irala. Y nos permite pensar como lectores, añadiría, pues no se plantea un desenlace en el sentido tradicional: «Como lector creo que odiaría cómo acaba», asevera el propio autor con una honestidad aplastante.

Que de lejos parecen moscas es a fin de cuentas una novela negra, repito, que tiene detrás a un escritor, Kike Ferrari, muy dotado para la profesión, más allá de géneros. No he leído el resto de su obra, pero me temo que estamos ante un ejercicio de estilo en cuanto al género, superado por cierto con muy buena nota gracias a un extraordinario sentido compositivo, en el que el juego con las normas del género, las circunstancias editoriales y la contención autoimpuesta han marcado bastante el resultado final. Habrá que tener en cuenta a Kike Ferrari de cara futuros proyectos literarios que, no por capricho, se esperan más ambiciosos. ●

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