Dos libros, de La Fábrica y de Blume, recuperan a esta pionera del fotoperiodismo en España

Joana Biarnés: los ojos de la memoria

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Fraga. // Foto: Joana Biarnés.

Una niña de unos 13 años mira a cámara. Lleva un pañuelo en la cabeza, un vestido de rayas y flores y sostiene una cesta de mimbre. Al fondo, un campo desdibujado.  A través de una imagen se activan también el olfato y la memoria; la mejor y más inocente de las añoranzas. Huele a infancia, a la mía y a todas las perdidas, a la España de mis padres y abuelos. La piel se eriza. Sensaciones que parecían estar enterradas en lo más profundo de la memoria recuperan su primer plano después del clic de una cámara.

Es la magia de la fotografía, pero el truco solo sale bien si detrás del objetivo hay alguien que mira con ojos sensibles, inteligentes, y tan atentos que aprieta el disparador en el momento preciso. Ni una milésima de segundo antes ni después. Ella es Joana Biarnés (Tarrasa, 1935) que, con permiso de Sabina Muchart, tiene el honor de haber sido la primera fotoperiodista de nuestro país y, evidentemente, no ha sido por casualidad.

Hija de un fotógrafo deportivo, creció entre negativos, pero asegura que no era aficionada a la fotografía  y que nunca quiso ser pionera de nada. Ella quería ser telefonista, pero la vida tenía otros planes para ella. Un día su padre tuvo que rechazar un trabajo y ella, para que no lo perdiese, cogió su Leika e hizo su primera fotografía. A partir de ese momento, su única constante vital fue, además de conseguir «la foto»,  la de no decepcionar a su padre. «Solo te pido una cosa ―le dijo―: no me hagas bajar nunca la cabeza». La animó a ingresar en la recién inaugurada Escuela de Periodismo de Barcelona. Su primer trabajo de clase (fotos del matadero de la ciudad) ya tuvieron comprador y su primer elogio profesional: «Señorita, usted será una gran fotoperiodista». Su profesor marcó, ya para siempre, su futuro.

Y así, desde jovencita fue consiguiendo todo lo que se propuso; eso sí, paso a paso, disparo a disparo. Para ella han posado desde Raphael (era su fotógrafa personal) hasta Serrat, los Beatles, Tom Jones o la familia real al completo, por poner solo algunos ejemplos. Uno de sus más raros talentos es que, bajo su encuadre, todos quedaban despojados de lo accesorio: la profesión, el reconocimiento o el linaje. Solo queda, en mate o brillo, la persona que se olvida, no solo de la cámara, sino del papel que debe interpretar y parece mirar directamente a Joana a los ojos. Dice su colega Chema Conesa que «Juana construye imágenes que redimen, que no juzgan, más bien empatizan, dignifican lo ajeno y encuentran sentido y valor en lo humilde. Sus retratos son actos de complicidad y van asociados a ensalzar lo mejor del personaje. Lo suyo es una declaración de amor y condescendencia solidaria».

Pero no solo sus retratos dejan una huella imborrable en la memoria. Sus fotografías de moda, de actualidad o artísticas son, por muy tópico que suene, reflejo de una época. Las caras parecen siempre conocidas y los escenarios vividos incluso aunque el espectador sea demasiado joven o esté demasiado lejos para conocer la escena.

Durante años fue una entre todos en Pueblo, ABC, su propia agencia de noticias… Su recorrido era ascendente, pero de un día para otro sintió que el mundo que tanto amaba estaba cambiando. Los paparazzis tomaron el control y Joana tuvo claro que ahí no podría mantener la promesa que le hizo a su padre, entonces ya fallecido. De un día para otro, le puso la funda a la cámara y se marchó a Ibiza a desarrollar su otra pasión: la cocina.

Ahora, con 81 cumplidos y solo un 30% de visión, por fin la historia la coloca donde se merece. Una exposición y dos libros (uno de La Fábrica y otro de Blume) reivindican su obra y ella, más consciente que nunca del valor de su trabajo, disfruta de una jubilación, dice, muy feliz; tanto, que ha decidido volver a ponerse detrás de la cámara para demostrar que, al menos en su caso, ver las cosas con claridad no depende de la agudeza visual.●

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