Un «neo noir» que retrata la corrupción global desde lo local

«El Cairo confidencial», de Tarik Saleh

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Foto: YouTube.

A veces se hace necesario alejarse, tomar distancia, para tratar de comprender, quizá, las causas de algunos de los infinitos problemas diarios. Un distanciamiento que puede llevarnos, incluso, hasta otros países y, en el proceso, descubrir, tal vez, que las similitudes con estas aparentemente distintas culturas son mayores que nuestras diferencias.

Este efecto de hermanamiento por la vía cinematográfica es el que produce la película del director sueco de origen egipcio Tarik Saleh, El Cairo confidencial, un interesante neo-noir de manual (incluso desde su título en español, ese El Cairo confidencial que nos transporta hasta otros afamados títulos del género frente al original The Nile Hilton Incident) en el que clásicos ingredientes como el agente de policía, la mujer fatal, los malos malísimos y el humo del tabaco (tabaco por todas partes) se conjugan con la corrupción política, la precariedad laboral y la inmigración propios de nuestro tiempo para configurar un cóctel que, si bien peca de transitar lugares comunes, termina resultando agradecido en su plasmación del problema de la corrupción global desde lo local.

Y es que si como ciudadanos europeos podríamos considerarnos ajenos a las preocupaciones de una cultura árabe distante como la de Egipto, cuando las lacras de la corrupción y del despotismo amenazan con hacer de todo un país su cortijo particular, entonces, las mencionadas similitudes pueden tornarse no tan extraordinarias.

Así es cómo, bajo esta premisa, el comandante de policía Noredin Mostafa se verá obligado a continuar extraoficialmente la investigación de un supuesto crimen pasional que ha terminado con la vida de una famosa cantante local y en el que el principal sospechoso es un poderoso constructor, amigo del hijo del presidente y, a la vez, diputado egipcio. Dicha investigación coincide en el tiempo con las iniciales revueltas sociales que resultarían en el estallido de la histórica y fallida Primavera Árabe egipcia, allá por enero de 2011 (una revolución que trataba de dar la vuelta a un estatus social predefinido por los potentados y en el que, como siempre, los de abajo aspiraban reescribir las reglas para poder mirar cara a cara a los de arriba).

Pero cambios profundos como estos se gestan lentamente, y nuestro comandante de policía, nostálgicamente viudo y adicto a las drogas para evitar pensar demasiado en el caótico mundo que le rodea, deberá enfrentarse a una legión de policías corruptos (él, el primero), sobornos, amenazas y persecuciones en un El Cairo avaro y oscuro, en cierto modo también protagonista del filme, en el que no se pretende hallar justicia y donde cambiar paz social por intereses espurios constituye la única ley. No sin cinismo, uno de los anuncios que publicitan la actividad de ese, entre otros, caciquista constructor reza: «Estamos construyendo El Cairo con una visión moderna», en un nuevo ejemplo (¿ficticio?) de corrupción de todo un sistema político atrincherado desde la seguridad de su poderío económico y policial.

Pero en este corrompido Egipto de Saleh, el drama de la corrupción social es absoluto: desde ese comandante Mostafa en busca de paz interior pasando por sus superiores, compañeros de policía y otros agentes encubiertos a la cantante asesinada, los «chulos» para los que trabajan y hasta la inmigrante trabajadora de la limpieza testigo del crimen, todos quieren su parte del pastel. Todos tratan de sobrevivir aprovechándose, exprimiendo al prójimo.

Por ello, chirría la deriva de nuestro solitario protagonista, un hombre quizá sensible frente a tanta miseria pero igualmente corrupto en la práctica (un poco menos corrupto, quizá), dentro de un sistema totalmente corrompido. Una deriva emocional originada desde los momentos de pasión que vivirá junto a la amiga de la víctima, a la que conoce durante la  investigación y con la que mantendrá un, supuestamente, apasionado romance.

Porque en El Cairo confidencial se ama muy intensamente, principalmente al dinero, pero, al parecer, también hay lugar para el amor platónico, cueste lo que cueste. El mismo romanticismo que defiende el constructor acusado o, como hemos dicho, nuestro protagonista, un protagonista cuya frustrante persecución terminará por diluirse en una marea ciudadana que, harta de no considerarse correspondida, no le quedó otra opción que tomar las calles.

«No somos como ellos», gritarán los ciudadanos durante el fragor de la revuelta ciudadana que se muestra ajena a la trama principal y que, sin embargo, se encuentra siempre latente.

En Egipto tuvieron su primavera árabe; aquí, nuestro 15M, pero en ambos lados del Mediterráneo, y más allá, flota la sensación de que sigue siendo necesaria la llegada de esa ola ciudadana que barra con las plagas que corrompen nuestro tiempo…, aunque tenga que ser, en último término, a través de la gran pantalla.●

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