Una historia lastrada por una voz ruidosa

«40», de Óscar M. Prieto

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Justine40 107. // Foto: Paul Williams.

40 (Eolas Ediciones, 2017) supone la sexta novela del escritor leonés Óscar M. Prieto y la más reciente hasta el momento. Los títulos de las anteriores figuran en la solapa, dos de las cuales han sido premiadas. También se nos informa de que el autor posee formación en Filosofía, Derecho e Historia y de su lugar y fecha de nacimiento (1973). Asimismo se nos presenta un «universo libérrimo» creado en la web Patacosmia.

En la portada, además de Óscar M. Prieto y del título de la novela, hay una foto nocturna de una fiesta (se advierten guirnaldas) y un personaje en primer plano que acaba de lanzar un petardo que deja una estela de luz. Arriba a la derecha, 3.ª edición. En la contraportada, la sinopsis: «Cosmo, el protagonista de esta historia, es un bon vivant, un hombre atractivo que ha perdido el atractivo por vivir. Una arritmia cardiaca le lleva hasta las urgencias de un hospital donde, por equivocación, está a punto de ser asesinado, confundido con un capo de un cártel del narcotráfico». El cambio que se produce en él es lo que se narra en 40.

Explico todo esto para quien no tiene ni tendrá el libro en sus manos, y también para quien no conocía ni conoce a Óscar M. Prieto, el autor de 40, la novela que nos ocupa. Situación factible, pues ni los premios, ni las entrevistas televisivas ni las presentaciones públicas de las novelas aseguran el acceso al gran público (en muchos casos ni al pequeño).

Argumentalmente, el punto de partida queda claro en el resumen expuesto. Cosmo, a punto de cumplir los 40 (de ahí el título), abre los ojos al mundo que ha estado a punto de cerrárselos para siempre a causa de una fatídica casualidad: cruzarse en los tejemanejes de los cárteles colombianos. Cual vividor acostumbrado a mirarse a sí mismo, Cosmo recupera la mirada al frente y a su alrededor, a las amistades y al amor verdadero, «se da cuenta del auténtico valor de cada día y de lo miserable que es desperdiciarlos», apunta Prieto en una entrevista a El Cotidiano. El tópico temático es obvio, pero veamos cuál es el tratamiento narrativo que se le da.

En primer lugar, Prieto plantea una estructura segmentada, con continuos saltos temporales que se explicitan al principio de cada sección, porque «nuestra vivencia del tiempo, aunque pueda parecerlo, nunca es lineal, antes bien, saltamos del presente al pasado, los recuerdos, nuestros cimientos, y desde estos soñamos un futuro, deseamos. Los saltos temporales en la novela pretenden reflejar esa experiencia vital», explica el autor en la entrevista de Pilar Martínez Manzanares.

Así pues, nos encontramos diferentes momentos: la fiesta de cumpleaños del final es un presente estático donde acaba confluyendo el episodio inicial del hospital y la posterior investigación. En medio, la chica, Armelle, y el viaje a Burdeos. Tres líneas o tramas paralelas que, aunque separadas, tienden a unirse: «Siempre he pensado que más que en el espacio uno se encuentra en el tiempo. El tiempo es la condición radical del ser humano, lo que nos hace precisamente humanos, la conciencia del tiempo», continúa Prieto en la misma entrevista. La intención no es otra que mostrar que nos encontramos y entendemos en esa confluencia de tiempos. La teoría es preciosa: hasta aquí, uno de los puntos interesantes de la obra.

En segundo lugar, debe comentarse la voz narrativa. Prieto juega a «usar el mismo narrador pero en tercera, segunda y primera persona» como una «metáfora de la novela», según reconoce a su entrevistadora Reyes Muñoz. La narración se inicia con una voz que sabe más de Cosmo que el propio Cosmo:

Con este sol y este frío todo es posible. Cosmo no tiene frío. Deja su maleta y sale a la calle con chaqueta. Quiere y puede, con eso le basta. Probablemente, por primera vez en su vida, su vida adulta, claro, quiero y puedo coinciden en él. Todos estos años  han ido cada uno por su lado, o bien quería o bien podía, pero las dos disposiciones del ánimo juntas nunca, demasiado arriesgado para un diletante. Ahora sabe lo que es ser valiente, mucho más sencillo de lo que había imaginado, se trata tan solo de querer y poder al mismo tiempo, y de saber que no hay ningún resultado asegurado de antemano, que éxito y fracaso no se excluyen y que en la mayoría de los casos, en gran medida no dependen de uno. Es por esto que sale a la calle con prisa y solo con chaqueta.

Pero el personaje acartonado y manipulable del principio va tomando «conciencia de sí mismo» a raíz del suceso en el hospital. A partir de entonces «el destino le habla de tú, y de ahí que use la segunda persona, que tiene una potencia en la narración que para mí ha sido un descubrimiento», sigue explicando Prieto. Han leído bien, el destino focaliza el punto de vista hacia la mitad de la novela: «Llamémosle así, destino, con minúscula de nombre común, sin apellido». Al habla el destino:

Tú nunca has sido muy de poesía. Yo, sin embargo, sí disfruto de ella. La eternidad te da tiempo para todo. Aunque los poetas no suelen portarse bien conmigo. «Fatal» y «cruel» son dos de sus adjetivos favoritos para referirse a mí. Cuando no quieren aceptar las consecuencias, las culpas de sus propios actos, me las echan a mí. […] Como si yo tuviera tanto poder. No me lo tomo a mal. Comprendo vuestra situación, casi siempre precaria, y vuestras limitaciones. Claro que debo reconocer que desde que descubristeis el libre albedrío mi situación ha mejorado y estoy más relajado. […] Pero qué hago contándote batallitas como un viejo cualquiera.

Estamos ante un destino comprendido «como algo propio e irrenunciable de cada ser humano, que cada uno va trazando con su hacer, cada día, con cada decisión, siendo consecuente», asegura Prieto en El Cotidiano. Desvelado el misterio de la voz que tutea a Cosmo, nos queda presenciar el progresivo empoderamiento del destino hasta alzarse en personaje. Si gracias al párrafo anterior ya sabemos de sus gustos literarios, de sus pesares, de su humor, de su displicencia, de sus vulnerabilidades… (discúlpenme que recurra a la elipsis, por lo dilatado de las «batallitas») pronto el destino se volverá casi imperativo: «Te dejo dos minutos para hablar con ella. Ni uno más. Te advierto de que en dos minutos van a venir a buscarte». La aliteración con la consonante oclusiva «t» (y la «p») se vuelve inevitable a la par que incómoda, y ponen en duda la prueba de oralidad que defiende Prieto ante Reyes Muñoz: «Sigo la regla del maestro Borges: la prueba de un texto es su oralidad. Tengo costumbre de leer en alto lo que escribo. No es que me compare con Borges, solo tomo prestada su regla». Otro ejemplo de cacofonía, léanlo en voz alta, por favor: «Volvamos a ti, hablemos de ti. Monta en el coche. Tú no lo sabes y por mucho que ahora te parezca imposible, te aseguro que hoy va a ser un día decisivo para ti». Cuestión de oído.

Quizá estamos ante esa «potencia en la narración» a la que aludía el propio autor al hablar de la segunda persona, pero lo cierto es que la decisión narrativa no deja de parecerme cuestionable, cuando no equivocada. Veo la metáfora de las personas narrativas con respecto a la novela, la entiendo («expresan esa evolución hacia a la conciencia de la vida», subraya Prieto con énfasis filosófico), pero en mi opinión lo arriesgado del uso de la segunda persona no queda justificado en los fines. Ejercicio de estilo no superado, lo que se ejemplifica a la perfección en el análisis psicológico de los personajes: en tercera persona la voz es paciente, estimable; en segunda, se vuelve gruesa y rimbombante, repetitiva en exceso (el fluir de conciencia es necesariamente repetitivo) y predecible. Dicho de otra forma, el destino cae mal, es una voz ruidosa que acaba molestando al lector y al final lastra la fluidez de la narración, lo que era una de las principales pretensiones de 40, según confiesa Prieto: «Cuando empecé esta novela, mi intención era escribir algo más sencillo y el tema se prestaba a la concreción, a que el estilo fuera más ágil, más preciso».

En las últimas páginas, «cuando Cosmo ha recorrido ese camino vital y ha asumido quién es, comienza a hablar en primera persona. Cosmo es su propio destino», declara Prieto. Pero ya no hay tiempo; Cosmo apenas tiene páginas para expresarse. Cuando vuelve, cuando le dejan volver, es ya un personaje abstracto, extrañamente iluminado, seguramente gracias a los episodios que roba a los lectores el impertinente destino: «Estás radiante, pletórico. ¿Verdad que ahora ves claro en el misterio de la vida?». Momentos que se nos cuentan, pero que en realidad se nos están ocultando: el redescubrimiento del «yo» («Me pongo en tu piel e imagino que viste muy cerca que te ibas, cuando escuchaste los disparos, que creías que habría también una bala para ti, que te ibas a ir sin decir adiós a tanta gente»), el amor («Por eso Armelle, por la urgencia de amar, por miedo a morir sin haber vivido») o  la amistad, resumida en un fragmento de lo más manoseado:

Habéis crecido juntos, juntos habéis descubierto el mundo, las normas que rigen entre los hombres y unos pocos y valiosos principios —ser leales, ser francos— que nunca deberías olvidar; juntos habéis soñado y cribado vuestros gustos; juntos aprendisteis las primeras oraciones y sondeasteis una posible relación con lo divino; vuestro carácter fue templado por el trato con los otros, vuestra singularidad se acrisoló en los paseos de interminables tardes de pipas de domingo y en momentos de riesgo y solidaridad.

Una vez más, la voz no disimula su retórica grandilocuente. Y es así en la mayor parte de 40, una novela demasiado consciente de sí misma que centra sus esfuerzos en el ajuste ontológico y moral de Cosmo: «Esta noche dormirá como duermen quienes han comenzado a liberarse del egoísmo. Al día siguiente saldrá a la calle con el ánimo de quien ha dormido bien, es bueno para el alma. Quienes duermen bien suelen ir al cielo».

Tal es la marcada presencia de la voz que el interés por la historia se diluye y este se vuelve hacia la propia voz. En este punto, la calidad narrativa no aguanta el envite. A la escritura le falta porte, empaque, anchura de hombros si se prefiere, para recordar siquiera a la digresión adecuada, al encanto estético o al diálogo vívido de la buena literatura. Y ya vimos, además, que 40 tampoco coge hechuras de best seller, porque además de ligereza, le falta amenidad y le falta ingenio, pese a los intentos denodados del escritor: «40 es una novela más ágil, con más ritmo, sin disgresiones [sic] y sin referencias culturales. En este sentido, 40 es una novela más inmediata, es decir, no necesita intermediarios entre ella y los lectores».

En tercer y último lugar, es reseñable el uso de las referencias culturales, sin abuso, sin ingenuidad y sin trampas de ninguna clase. En efecto, «la obra está conformada por un suave tejido de metáforas, elementos de la mitología clásica y mitos modernos de la cultura popular», como observa Raquel Jiménez. Cortázar sirve de apoyo al episodio de Cosmo en Burdeos («La misma pausa, filosa, que le pasaba a Horacio en las páginas de Rayuela cuando buscaba a la Maga por París y creía encontrarla, en el andar de otras, en otras siluetas»); Borges aporta su Aleph a la visión global del destino; mientras que las citas de Ford, Carrère y Houellebecq que principian los capítulos perfilan el marco de pensamiento. La música también está muy presente, sobre todo el tema «Wigwam», de Bob Dylan, que encajaría como banda sonora del libro, una melodía a medio camino entre la ebriedad y la alegría floreada que posiblemente haya sido fuente de inspiración para Prieto.

En cualquier caso, «40 es una reflexión sobre la vida, una reflexión en un momento particular y simbólico como es cumplir los 40 años», resume el autor; un «ejercicio para comprender la vida» y «un cántico, un canto a la vida», defiende en El Cotidiano. En ese contexto de libertad inspiracional hay que leer 40, una novela que, mal que le pese a Óscar M. Prieto, paga muy caro los excesos del destino.●

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