Crónica de un pionero de la conquista del espacio

«Resistencia. Un año en el espacio», de Scott Kelly

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Earth-space. // Foto: Jaymantri.com.

A medias entre el relato autobiográfico y la literatura de expediciones, Resistencia. Un año en el espacio (Debate, 2018) narra en primera persona las experiencias que el autor, el astronauta Scott Kelly, no solo vivió durante la misión que le llevó a convertirse en el ser humano que más tiempo ha permanecido en el espacio (trescientos cuarenta días), sino también otras muchas que, a lo largo de su vida, marcaron el camino para convertirlo en astronauta y tuvieron por resultado final la consecución de su sueño.

En una ágil alternancia en su estructura narrativa, acompañamos al autor a través de las dificultades que vivió durante su infancia, los ejemplos (especialmente el de su madre) y los apoyos (especialmente el de su hermano gemelo, Mark) que le permitieron superarlos. Asistimos como testigos de excepción a los años de su vida académica y damos con él los pasos que guiaron su preparación militar.

Durante la lectura, la cómoda retrospectiva de uno de esos capítulos biográficos cambia de repente y nos catapulta enérgicamente a otro en el que sentimos lo frágil que se percibe la vida de un astronauta a bordo de un transbordador espacial en plena fase de reentrada o sentado sobre un cohete Soyuz que nos manda a las estrellas; abandonamos lo común de nuestra vida con la suya para poder comprender, gracias al relato de su interacción con otros astronautas allí destacados, cómo la cooperación técnica y científica en la Estación Espacial Internacional es a la vez hito de la colaboración y comunicación humanas, concreción programática de sus aspiraciones y frágil luminaria amenazada por ese abanico de peligros imprevistos que van desde la basura espacial descontrolada hasta la falibilidad en la llegada de las naves de aprovisionamiento.

Y todo ello lo consigue Kelly huyendo con humildad del romanticismo fácil, revelando  todo lo frágil, arduo y peligroso que ha tenido su apuesta. Porque los sueños, cuando merecen la pena, exigen lucha… y toda lucha deja secuelas. Las suyas se marcan tanto física como emocional y personalmente. Las primeras ya las conocemos a las cuarenta y ocho horas de volver del espacio; el resto terminará de mostrárnoslas sin ambages cuando le acompañemos de vuelta a la Tierra, tras haber finalizado este viaje, por el espacio y por su vida, en el que nos ha permitido acompañarlo.

No solo hay relato. Además de ofrecer un testimonio apasionante, Kelly manda un claro mensaje al lector: el futuro de los programas astronáuticos (orientado hacia la colonización de Marte) pasa por retomar su carácter humano, atendiendo especialmente al talante valiente y aventurero (pionero) que han de poseer sus protagonistas; talante que él mismo veía en los protagonistas de Elegidos para la gloria, de Tom Wolfe, las reflexiones de Shackleton o las vicisitudes que este último vivió en la Antártida, narradas por Alfred Lansing (de cuyo libro, Endurance, Kelly retoma el título para su propio testimonio).

El autor no esconde estas referencias pues busca, mediante la expresión de sus experiencias, ser su reflejo, continuador y defensor de aquellas como modelo de inspiración. También habrán de ser esos futuros astronautas (Kelly no deja pasar la ocasión de decirlo) solidarios y abiertos a los demás, algo sin lo que hubiera sido impensable la elaboración de un proyecto como la Estación Espacial Internacional, ejemplo para él de lo que habrá de ser la cooperación humana (internacional e interpersonal) en el futuro inmediato de la astronáutica.●

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