El insoportable peso del pasado y su futuro tristemente predecible

«La enfermedad del domingo», de Ramón Salazar

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Existen pocos vínculos tan etéreos como los que se establecen entre una madre y su descendencia y, sin embargo, tan sólidos como las raíces del árbol que lo unen al suelo que le da la vida. Una fuerza tan poderosa que, aun en la distancia, atrae, casi por inercia, a madre e hijo.

De ese vital vínculo es sobre lo que viene a hablarnos Ramón Salazar en su cuarto largometraje, La enfermedad del domingo. Continuación de su anterior proyecto, el cortometraje El domingo, el director malagueño retoma la historia de su protagonista, Chiara (Bárbara Lennie), una niña de ocho años abandonada sin motivo aparente por su madre. Treinta y cinco años después, la autodestructiva Chiara ha crecido, al igual que unas ansias de respuesta que la consumen como una enfermedad ante aquella íntima traición, y ha dado, finalmente, con el paradero de su madre (Susi Sánchez), a la que tan solo pide diez días para estar juntas de nuevo.

«Dos personajes que llevan años sin verse y de repente se ponen un límite de diez días para resumir ese tiempo. Pueden hablar o no de aquello que las separó… ¿Por dónde empiezas?», se pregunta el propio director en una entrevista concedida a Caimán. Cuadernos de Cine. Y así es cómo Chiara y su madre, protagonistas absolutas de la película, se dejarán llevar durante el tiempo que se han concedido sin atacar nunca esas heridas de manera directa. «Es una película que toca temas de los que no se habla ―confirma Salazar―. Un film montado sobre el que escucha más que sobre el que habla».

Junto a ese guion parco en palabras y una imagen austera y fría, Salazar se sirve de la imponente figura de su pareja protagonista para introducirnos en un viaje a lo desconocido, por las escasas respuestas que ofrece, y hacia algunos de los miedos que habitan en cada uno de nosotros, esto es, el temor a la soledad (forzosa o autoimpuesta) y de la necesidad, tan humana, tan animal, de rodearnos de los nuestros en momentos esenciales de nuestras vidas.

En este punto, hay que destacar la cada vez más celebrada presencia de una Bárbara Lennie que continúa sembrando su filmografía de personajes caóticos hasta casi rozar lo defectuoso ―María (y los demás), Magical Girl― y que soportan sobre sus hombros el peso de un pasado familiar que no siempre eligieron. Escoltando a Lennie, una solvente Susi Sánchez en el papel de madre insumisa con sentimiento de culpa que se sabe en deuda con su hija y que tratará de saldarla durante el emotivo y silente desenlace.

De este modo, esa historia de abandono y reencuentro con la que se presenta La enfermedad del domingo deriva en una puesta en escena sobre el insoportable peso del pasado y su futuro tristemente predecible. No parece haber presente posible para unas protagonistas condenadas a cargar esas armaduras con las que han decidido encarar la vida, ya que los traumas pretéritos condicionan siempre cualquier posibilidad de futuro. Un deseo de búsqueda, de la pareja protagonista pero también de su director, solo lastrado por esa misma determinación de unos personajes que, si por sus actos, ejemplificaron no necesitar nunca a nadie, se terminan conduciendo, casi por inercia, hacia una lacrimógena resolución.

Con todo, y pese a leves contradicciones, La enfermedad del domingo, seleccionada por el Festival de Berlín (dentro de la sección Panorama), merece, por su forma y fondo, el sonoro reconocimiento y apoyo de un público que encontrará, tal vez, en su sosegada manera de hacer cine una nutritiva oferta de ocio para una tarde de domingo.●

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