Exiliados españoles tras el telón de acero

Aroa Moreno Durán: «La historia sigue sin enseñarnos nada porque no nos la están contando»

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Katia, hija de refugiados españoles en el Berlín soviético, tomará una decisión que cambiará para siempre su destino y el de su familia. Aroa Moreno Durán se ha llevado el Premio Ojo Crítico con su primera novela, La hija del comunista (Caballo de Troya, 2017), una historia familiar, política e histórica construida con los espacios oscuros de la memoria y los secretos.


[Fotografías: Javier Paredes.]

La familia de Katia vive entre dos silencios: el del pasado de la guerra civil española y el del presente, marcado por la claustrofóbica vigilancia a la que el Gobierno de la RDA somete a todos sus ciudadanos. Con una prosa limpia, de frases cortas e imágenes poéticas, Aroa Moreno Durán ha escrito una ópera prima inusualmente madura entre los autores noveles. La historia de una familia española exiliada en el Berlín comunista, que es también la historia del siglo xx en Europa, sirve a la escritora madrileña para ahondar en la memoria, la culpa, la nostalgia y el desarraigo.

Uno de los capítulos del libro se titula «Bajo la bandera ya no» y, de hecho, uno de los temas fundamentales es el desarraigo de gente que vive bajo banderas con las que no se identifica.  ¿Por qué te interesaste por este asunto en tu primera novela?
Me resulta difícil que todas las personas que viven en un lugar concreto se sientan cercanas a una bandera o a un sentimiento patriótico común. Desplacé a los personajes para que todos fueran apátridas y para que en el libro estuvieran esas reflexiones: dónde están tus raíces políticas, familiares…, dónde tienes que mirar dentro de ti para saber que realmente te sientes de alguna parte. La protagonista de la novela acaba descubriendo más o menos de dónde se siente, y tiene que ver muy poco con estar bajo una bandera o un símbolo de algo.

Parece que estamos en el fin de las grandes ideologías: políticas, religiosas, sociales…
¿Tú crees? Concretamente ahora he visto un renacer de cierto patriotismo. Hemos vivido engañados (y lo digo desde un punto de vista histórico) para tenernos muy controlados y muy encerrados en nuestras pequeñas fronteras. No sé si ha servido alguna vez… ¿Qué ha sido la religión, por ejemplo? Realmente creo que ahora mismo hay una especie de necesidad creciente de adherirse a algo, que la gente está buscando cosas a las que sumarse, ya sea una bandera, una creencia o cualquier otra cosa.

Otro de los temas del libro es la nostalgia, que se ha convertido en algo recurrente en la literatura actual. ¿A qué crees que es debido? ¿A la crisis? ¿Es algo inevitable en épocas finiseculares…?
La nostalgia me parece un tema muy interesante y sobre el que se ha escrito mucho. Ahora tal vez hemos vivido cómo ha fallado un sistema y estamos intentando mirar atrás (y a lo mejor tiene que ver con lo que me decías antes): qué había de bueno en otros sistemas anteriores, en otras vidas, en otros momentos de la historia donde consideramos que se vivía mejor, aunque en realidad creo que no. En relación a La hija del comunista, es una novela muy nostálgica, cada personaje tiene su propia patria de la nostalgia, menos Katia, que tiene que encontrarla. A ella le falta esa nostalgia que sí experimentan, en otro sentido, sus padres, y que ella acabará por experimentar de una forma muy dura. Ya no lo llamaría nostalgia. Es algo mucho más brutal que eso.

En este sentido, el padre tiene una nostalgia política por un mundo que en realidad nunca existió. Es decir, la peor nostalgia de todas, porque idealizas algo que nunca fue real y que nunca podrá serlo.
Desde luego esa es la peor de las nostalgias, añorar lo que no ha sucedido, lo que no ha pasado o, peor todavía, lo que pudo haber sido.

La familia vive en el silencio de las dos guerras. Se dice que «en Alemania siempre se sigue adelante». Parece que Alemania se ha enfrentado mejor a su pasado que España (o le han obligado a hacerlo, al menos). En nuestro caso, «seguir adelante» no ha sido una solución.
Bueno, se está viendo actualmente cómo ese paso de página sin tener en cuenta la memoria de millones de personas ha dejado muchos huecos vacíos. Creo que Alemania ha trabajado muy bien el recuerdo de las víctimas, la construcción de una memoria común, que es algo que no hemos hecho en este país. A España le falta un relato común de la historia muy reciente. Me sorprende cuando a la gente las palabras «memoria histórica» le producen pereza o cansancio, cuando en realidad es una memoria muy reciente, la de nuestros abuelos. Incluso ahora parece que decir la palabra «abuelo» es «no, ahora no me vengas a contar la historia de que tu abuelo era tal o era cual». Creo que no se ha reparado la memoria de esas personas. Aún así, leí hace unas semanas que en Alemania el 50% de los jóvenes no sabía qué era Auschwitz. Es algo grave, preocupante. Jóvenes, muy jóvenes, gente que, por supuesto, ha nacido después de la caída del muro de Berlín. A nuestro país le hace falta reparar esa memoria para que por fin podamos compartir un paisaje y no nos avergüencen según qué banderas o según qué símbolos.

Alemania ha trabajado muy bien el recuerdo de las víctimas, la construcción de una memoria común, que es algo que no hemos hecho en este país

El libro también aborda el desencanto de la gente de izquierdas con la propia izquierda, con sus ideales. Los alemanes del este anhelaban la libertad y la democracia, pero cuando la tienen, sienten que no es suficiente. Esperan algo más que nunca acaba de llegar del todo… Y de ahí, de nuevo, vuelta a la nostalgia.
En el caso del comunismo que se instauró en la Alemania oriental, cometieron muchos errores: la Stasi, quién tenía el poder, cómo lo tenía y cómo lo ejercía… El ideal de esa izquierda, del comunismo, precisamente no es un ideal, sino algo a lo que me resulta complicado que alguien no quiera que tendamos.

Por ahí iba mi pregunta, no tanto por la dictadura comunista, que cometió las barbaridades que cometió, sino por qué la izquierda parece que a veces no ha tenido esa capacidad pragmática para plasmar en un proyecto sus ideales. ¿Quizá ha perdido la batalla del relato frente a otras ideologías?
También ha sido muy demonizada por según qué fuentes y según qué relato de la historia. Habría que ver quiénes han sido los vencedores que nos han contado la historia para que la izquierda haya quedado tan denostada. ¿Se cometieron errores? Sí, pero se cometieron por todas partes. Tenemos el relato de los vencedores, y no te hablo de España, te hablo de un relato más general, del relato que está contándonos el capitalismo. No quiero hablar del capitalismo como el ogro, pero sí es lo que estamos viviendo ahora mismo. Y, claro, al capitalismo no le interesa que la izquierda sea un nuevo ideal, tienen muchas cosas que sujetar.

Hablando de capitalismo, también hay una crítica en el libro a la mercantilización de los objetos en la Alemania del este.
Es algo que a mí me fascinó. Por una parte, te encontrabas con objetos muy curiosos, pero, por otra, hay una supermercantilización y están explotando hasta la última gota todo lo que supuso la RDA.

Katia, la protagonista, salta el muro por amor, no por ideología. ¿Esta distinción era importante?
Quería dibujar a Katia de forma que fuera una mujer bastante normal, y creo que quedó un poco apocada. Es una persona sin un compromiso político especial, que era un poco lo que quería contar: cómo la vida de gente normal se ve zarandeada por las circunstancias. En este caso es algo muy bruto, el muro de Berlín, el paradigma de cómo frenar a los seres humanos, poniendo un muro de hormigón, pero quería que ella fuera normal. Por eso metí el amor, porque hubo historias así. A mí me han contado historias que superan la de Katia con creces. Es decir, quería que fuera una persona lo más normal posible y que al cruzar el muro se encontrara con que, en realidad, todo lo que ella había vivido, esas circunstancias, esas coordenadas históricas y espaciales donde se había criado, la habían hecho ser de una manera concreta. En la segunda parte del libro, aunque Katia está un poco, digamos, congelada, paralizada, se da cuenta de que la educación soviética y la tradición española que había en su casa están haciendo saltar chispas con su nueva familia, con la relación con su marido, e incluso con cómo se enfrenta al futuro y a las relaciones personales.

¿Hasta dónde puede llegar la culpa o la responsabilidad? Los padres de Katia, que no han hecho nada malo, se sienten culpables por arrastrar esa historia familiar que a ella no le cuentan, pero que también acaba por conformar su personalidad.
Ni los hijos ni los nietos tienen culpa de nada, a no ser que se lucren o se beneficien de posiciones conseguidas tras cometer ciertos delitos o crímenes. Al principio, toda la historia que hay detrás de la familia no se la cuentan ni a Katia ni a su hermana porque son muy pequeñas y, al final, porque la madre quiere protegerlas, meterlas en una burbuja donde no sepan que tienen familia en otra parte, que no sufran como ella está sufriendo. Lo que quería hacer era que Katia repitiera los errores de su madre. Los padres de Katia no le cuentan su raíz, de dónde viene, ni la historia política que acompaña a la familia, y ella acaba cometiendo ese mismo error: marcharse detrás de un hombre y convertirse en una persona sin raíz, en una apátrida.

La figura del padre de Katia es especialmente patética, es doblemente traicionado: por su hija y por el Estado que él ayuda a construir y en el que cree.
Yo quiero mucho al padre, la verdad. Hay una escena… No vamos a contarla [risas]. El padre tiene un compromiso muy férreo con sus propios ideales políticos, con la construcción del Estado comunista, es fiel al partido. A pesar de todo eso, tiene su pequeña redención. Quise salvarlo porque el padre de Katia, que en realidad es la figura central del libro (por eso se titula La hija del comunista), es un padre como otro cualquiera: a pesar de todas sus ideas, de que tuvo que marcharse de España y llevarse a su mujer… Es un padre muy normal. Construye una pequeña felicidad familiar de puertas para dentro de la casa.

La Alemania federal recogió a la gente del este con mucha condescendencia y paternalismo

En ese asalto de Katia por amor hay mucho de instintivo, pero también de rebeldía inconsciente…
Sí, hay una parte de inconsciencia total y otra de juventud pura: tienes 18 años, te enamoras de alguien, tus padres sobran, tu familia sobra, todo lo que se hace en tu casa de pronto es ajeno y tú lo único que quieres es lo que quieres. Lo que pasa es que en otro contexto decides irte detrás de alguien y a lo mejor a los dos días te arrepientes y vuelves a tu casa. Ella toma esa decisión también por un ansia de rebeldía contra el partido, que estaba en todas partes: en los colegios, los hospitales, los conservatorios… La Stasi llegaba a todas partes, estaban muy espiados, y ella se rebela contra eso, y también por esa luz que asoma por encima del muro, aunque luego sabemos que esa luz no era tan fuerte.

Hablando de la culpa y la responsabilidad, el padre de Johannes le reprocha a Katia todo lo que hicieron por ella, y ella misma se pregunta: «¿Hasta dónde debe llegar el agradecimiento por mucho que hayan hecho por ti?».
En general, creo que no se debe esperar el agradecimiento, debe partir de la persona, si quiere y si le parece bien agradecer. Uno no debe hacer las cosas esperando a que se lo agradezcan. Su suegro (y su familia en general) trata a Katia con mucho paternalismo, algo que en Alemania se sigue haciendo todavía. La Alemania federal recogió a la gente del este con mucha condescendencia y paternalismo. «Os hemos ayudado económicamente, erais comunistas, no sabíais trabajar, vuestras carreras no servían para nada, etc.». Eso era lo que había detrás: agradécemelo porque te he sacado de allí. Y en realidad en ese momento ella está diciendo «para qué». Bastante tiene con estar allí, viviendo todo eso. Ser agradecido es maravilloso, pero tiene que partir de la persona que ha sido ayudada.

Me ha parecido que en la novela hay un paralelismo entre la historia de amor y las revoluciones de izquierdas.
Puede ser, sí. En realidad, lo que pasa es que las revoluciones de izquierdas y cualquier historia de amor pueden acabar así. Después del deslumbramiento y la fuerza y la pasión, las cosas se tienen que construir de otra manera. Es muy difícil mantenerse ahí, requiere trabajo, tanto en las revoluciones como en las historias de amor. Ese paralelismo no fue consciente, pero es interesante. Lo que sí hice de forma consciente fue que la historia de ellos acabara explotando cuando cae el muro.

No se da una imagen muy alentadora del matrimonio.
Johannes, el marido de Katia, es un personaje un poco maltratado por mí. Le he utilizado para que fuera el resorte que hiciera a Katia saltar el muro. Y también ha sido un poco maltratado porque en él he dibujado un tipo de alemán que he conocido, muy seguro de sí mismo, muy de su ciudad… Además, quería dibujar esa descentralización de Alemania, de las fábricas, gente que nace en un pueblo y se queda toda la vida porque toda su familia es de ahí, que saben por lo que trabajan… Esto tiene una parte muy buena, pero también otra muy mala: muchas veces se les escapa todo lo que queda de mano de la improvisación o de la espontaneidad. Cuando Katia se va con él y los años empiezan a pasar, primero hay un desencanto hacia ese hombre, algo que puede suceder en cualquier parte, pero aquí, además, hay una brecha que les separa, que es el propio muro de Berlín. Cada uno viene de un lugar muy diferente y tiene una forma muy diferente de entender el amor o las relaciones personales. No diría que Johannes es mala persona, ni mucho menos. Él ha hecho su pequeña revolución: llevarse a una mujer del este a su casa, a su pequeño pueblo, a su familia. Hace intentos, pero muchas veces las cosas no son uno más uno, entran otras muchas variables, sobre todo en el amor, que tienen que ver más con la empatía, con lo físico o con otras cosas, que a un personaje así le fallan.

La familia de Johannes presume mucho de su árbol genealógico. Encontrar el equilibrio entre las raíces de un sitio, que dan seguridad, pero que pueden cortar tu crecimiento personal y tu libertad, puede resultar complicado.
Es muy difícil, sobre todo para alguien como Katia, que no tiene a dónde agarrarse, que no tiene nada. Precisamente eso es lo que le atrae, pero se acaba dando cuenta de que tener tan clara la raíz no es tan importante. Cada uno tiene que saber de dónde viene. Unos lo encuentran en sus amigos y otros lo encuentran en su familia, en su educación, en su barrio o en su país.

Por desgracia, esto de los muros tiene una nueva vida gracias a Trump.
He vivido en México y, además, me interesa mucho el mundo migratorio. De hecho, hice una pequeña tesis allí. Trabajé en un periódico y me tocó ver de cerca todos estos trenes, La Bestia, como lo llaman, donde se suben los inmigrantes centroamericanos para ir a Estados Unidos. Muchos caen, hay mujeres violadas, niños desaparecidos… Si ya era una tragedia cuando estuve allí (los años 2005 y 2006), que ahora este presidente loco quiera ampliarlo… Porque lo quiere es ampliarlo, el muro ya existe. Me parece una locura inhumana, un método vil de detener la libertad del ser humano. ¿Por qué no puede alguien marcharse? No lo entiendo. Es otra muestra más de que la historia sigue sin enseñarnos nada porque no nos la están contando.

El libro habla de la desmemoria, de no mirar atrás… En una entrevista reciente, Juan Gómez Bárcena mostraba ciertos reparos a convertir los campos de concentración en centros turísticos. Estaba de acuerdo en la idea, pero no en cómo se desarrollaban porque banalizaban la tragedia.
Es complicado. ¿Cómo se gestiona la memoria histórica? Debería haber gente encargada de hacerlo bien, de estudiarlo…

Leyendo la novela, me acordé de la recreación de uno de los puestos fronterizos de control de Berlín. Un sitio terrible que en la novela está muy bien descrito y en el que ahora la gente se hace selfis.
Claro. Ahora, incluso si vas solo, puedes hacerte una foto con los soldados porque siempre hay alguien amable dispuesto a ayudarte. Es una locura. Los campos de concentración deberían ser lugares de silencio. Me parece bien que se pueda entrar, porque conciencian a la gente, sobre todo a los jóvenes. Llegar y decir: ¿qué ha pasado? Aquí ha muerto mucha gente, aquí mismo, en esta habitación, han gaseado a mucha gente. Hay muchas zonas de Berlín que están superexplotadas, pero hay otras muy bonitas. A mí me gusta mucho en concreto la Bernauer Straße: han puesto baldosas sobre el césped por donde iban los túneles. Me parece que esa parte sí está muy bien tratado. Lo demás es una mercantilización de la memoria.

Cuál es tu siguiente proyecto.
Ahora mismo estoy en pleno momento de búsqueda… Estoy viendo hasta dónde va a dar de sí una historia que he encontrado, con personajes que tampoco encuentran su raíz, y me gustaría que tuviese dos tramas, una actual y otra anterior.

¿Qué supone para un escritor novel ganar el Premio Ojo Crítico con su primera novela?
Ha sido felicidad. Desde que salió el libro he estado contenta y orgullosa de mi trabajo porque sé lo que tuve que hacer para poner ese punto final. Pero cuando me dijeron que había ganado este premio (al que uno no se presenta, además) fue una alegría inmensa. Te da seguridad. Que gente como Almudena Grandes diga que le ha parecido estupendo… Pues piensas, sí, a lo mejor está bien. Estaba contenta porque había hecho lo que había podido, había dado lo mejor de mí para que este libro acabase siendo así.

¿Cuáles son tus referentes?
Quería que la escritura de este libro nadara entre dos aguas: Purga, de Sofi Oksanen, cuyo estilo no tiene nada ver con el mío, pero que cuenta una historia del este, de memoria, y El papel de mi familia en la revolución mundial, de Bora Ćosić, un libro con mucho humor. Tampoco tiene nada que ver con La hija del comunista, pero sí está contado de una forma muy limpia, muy directa, a la vez un poco ingenua, por la voz del protagonista. Esos fueron los dos libros con los que me dije «me encantaría hacer algo así»; libros que cierras y piensas «quisiera que me saliera algo parecido».

¿Cómo definirías tu estilo? Es un estilo de frases muy cortas, muy limpias, sin apenas subordinadas.
Escribo así. No forcé el estilo en absoluto. Yo venía de escribir poesía. De hecho, creo que mis poemas son bastante herméticos si se comparan con la novela, y nunca imaginé que escribiría una con una trama tan clara. Como la trama era algo que tenía muy claro desde el principio, tuve que utilizar las palabras de forma que al lector le llegaran de la forma más nítida posible. Creo que hay un trabajo poético previo a la escritura, como en la forma en que Katia, la narradora principal, pone la mirada sobre ciertas cosas o cuenta ciertos sentimientos, o en cómo están cortadas las frases, en efecto, que hace que la prosa tenga un ritmo bastante marcado. Quería que la historia llegara desde una voz especial. Tuve que construir a Katia porque no creo que hubiese tenido autoridad para contar una historia de Berlín si no fuera a través de la voz de una hija de exiliados españoles.●

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