A las puertas del paraíso

«The Florida Project», de Sean Baker

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William Dafoe y Brooklynn Prince.

Imagina que es verano. El sol brilla en un cielo azulísimo, sientes su calor en la piel, estás rodeado de edificios de colores pastel que parecen comestibles. Tan extraños que parecen decorados creados para tu diversión. No tienes absolutamente ninguna obligación y todas las horas del día para explorar qué hay detrás de cada puerta y cada rincón. La libertad es absoluta y ese mundo parece hecho exclusivamente para ti y tus amigos. Tienes, además, seis años. ¿Qué más se puede pedir?

Así vemos la vida a través de los ojos de Moonee, la protagonista de The Florida Project, la última propuesta del director Sean Baker. Vive con su madre en uno de los excéntricos moteles que se construyeron en los alrededores de Disney World a la espera de que hordas de turistas los ocupasen. Según pasaron los años, se resquebrajó su estridente pintura y se construyeron hoteles dentro del parque. Estos edificios quedaron a las puertas del «paraíso» y poco a poco fueron ocupados por inquilinos que lo que tenían delante era el umbral de la pobreza.

En esas vidas y en ese escenario se fija Sean Baker en su quinto largo, para muchos una de las películas indies del año. Quién sabe. Lo que está claro es que sorprende. Sobre todo su extrema sensibilidad para cuidar cada detalle de su criatura, desde la estética o la fotografía hasta el reparto que no tiene fisuras y es, quizá, su mayor acierto. El director ha sabido encontrar y explotar la verdad de la pequeña Brooklynn Prince que es Moonee, la mirada de Bria Vinaite que interpreta a su madre, y que descubrió en Instagram, y la ternura en los rasgos durísimos de William Dafoe, que le tiene que agradecer la única candidatura a los Óscar de la película.

«Nadie coge el ascensor porque huele a pis. Aquí vive una que se cree que está casada con Jesús. A este hombre le viene a buscar la policía todo el rato». Así presenta a sus vecinos Moonee a la nueva niña del barrio. Mientras ella sonríe divertida enseñando los pequeños tesoros de su comunidad, la recién llegada abre los ojos y calla. No le encaja lo que dice Moonee con cómo lo dice. Y de eso te das cuenta aunque tengas seis años. La ventaja de la edad es que permite mirar sin remordimientos para otro lado, seguir jugando. Esa es la sensación que se tiene durante toda la película, que los pequeños juegan a ser equilibristas. Cada paso es un reto para mantenerse sobre la cuerda de la diversión, pero saben que solo un paso en falso será suficiente para que el decorado se venga abajo.

Dice Baker que para que se vaya al cine a ver una película social hay que ser subversivo, creativo y que los niños sean los reyes. Una receta que no es nueva, pero que solo funciona si tiene ese «algo» más. Y este ―podríamos decir― Ken Loach pop lo tiene. Su mérito está en sacar belleza de la sordidez, del desamparo, de la miseria y de la desesperanza sin caer en un exceso de sentimentalismo y sin querer dar lecciones.

Y hasta aquí. Escribo sin desvelar demasiado más para que exploréis el mundo de Moonee y el de los adultos (tan difíciles de conocer como parece) solo a través de sus ojos. Pero me permito un pequeño spoiler. La escena final está rodada dentro de Disney World sin conocimiento ni autorización de la empresa, a toda prisa y con un teléfono móvil. Walt Disney quiso crear una comunidad modelo a las puertas de su parque temático, la ciudad del futuro. Su proyecto murió con él y de la sombra del castillo de Fantasía surgió su antítesis. Ahora la pregunta es qué clase de mundo creará la generación de Moonee con semejantes referentes. Los Baker del futuro tendrán que contarlo.●

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