Trayectorias que recorren el siglo

«Arthur Koestler. Nuestro hombre en España», de Jorge Freire

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«Nationalist and Loyalist Troops». // Autor: Cassowary Colorizations.

Pocas personas (y pocos personajes) como Arthur Koestler ejemplifican en sí mismos todo lo que de contradictorio tuvo el siglo xx; un siglo pródigo en recorridos y en experiencias fascinantes  que empezamos a ver ya como algo del pasado.

Nacido en el seno de una familia judía y burguesa en la Hungría del final del imperio de los Habsburgo, su trayectoria vital (hasta su muerte en 1983) resume bien el cambio de un imaginario colectivo que nació despidiéndose del mundo de ayer, del que hablaba Stefan Zweig (el sueño de las identidades plurales que representó durante décadas la monarquía con sede en Viena), y que murió con la caída del totalitarismo soviético por implosión en 1989. Sionista en su adolescencia, comunista en su juventud y anticomunista en su madurez, Koestler fue toda su vida un escritor polemista y brillante, un hombre que no tuvo miedo de volver a empezar cada vez que cambiaba su punto de vista, que nunca dejó de buscar y de hacerse preguntas; un hombre que nos recuerda que las personas cambian y que ninguna vida puede entenderse como un trayecto único y coherente.

Además de periodista, Koestler fue un magnífico escritor y nos legó algunas de las obras más interesantes del siglo en lo que a literatura política se refiere. Si con El cero y el infinito, escrito en 1940, construyó una de las mejores obras de denuncia del comunismo en general y del terror soviético en particular, sus autobiografías son uno de los mejores ejemplos de literatura memorialística del siglo xx. Publicadas en dos volúmenes en España (Flecha en el azul, sobre su infancia en el mundo mítico del emperador, y La escritura invisible), en ellas explica bien el sistema cerrado que supone militar en una ideología, donde no hay actos buenos o malos en sí mismos, sino únicamente en cuanto lo que significan para el partido.

Hace pocos meses que ha visto la luz Nuestro hombre en España (Alrevés, 2017), una biografía escrita por el periodista Jorge Freire. Se trata de un texto breve, en el que se alterna un repaso a la biografía de Koestler con una crónica de las semanas que el periodista húngaro pasó preso en Andalucía después de la caída de Málaga en manos de las tropas franquistas en febrero de 1937. Una caída a la que siguió, por cierto, una de las matanzas más brutales de toda la guerra a cargo de las tropas franquistas, que ametrallaron a la población que huía a Almería por la carretera de la costa.

En Málaga, Koestler estuvo a punto de ser ejecutado una vez que fue capturado por las fuerzas que tomaron la ciudad, ya que con ellas viajaba Luis Bolín, el responsable de prensa del bando franquista. Bolín profesaba un odio radical a Koestler, puesto que poco antes este lo había dejado en ridículo al engañarlo y conseguir entrevistar a Queipo de Llano en Sevilla haciéndose pasar un periodista simpatizante de los golpistas y publicar luego un texto demoledor sobre el militar en el News Chronicle británico.

El libro, más allá de lo interesante del tema y de su corrección estilística, es muy interesante por varios motivos. El primero, y quizá esto sorprenda al lector más joven, es que empieza a ser habitual que por fin tengamos vidas y ensayos obre escritores europeos escritos en castellano y desde España. Hasta ahora, lo habitual era tener que acceder a estas vidas desde traducciones muy meritorias, pero lejanas a la sensibilidad del lector español. De esta manera, es de agradecer que libros como este contribuyan a cubrir un hueco evidente en la historiografía española. También es interesante porque permite al lector no familiarizado con la época entender cómo funcionaba el aparato de propaganda de los comunistas soviéticos durante los años previos a la Segunda Guerra Mundial, con el inefable Willi Münzenberg a la cabeza, así como la trayectoria que siguieron algunos de los más brillantes intelectuales del siglo xx, con el comunismo como piedra de toque de su compromiso desde los años veinte en adelante. De manera milagrosa, o quizá porque de manera prudente optó por no volver a Moscú, donde muchos de sus compañeros, como Mijaíl Koltsov o Karl Radek (el personaje en el que se inspira el Rubashov de El cero y el infinito), ya no regresarían, Koestler escapó a las grandes purgas y se apartó del comunismo a finales de la década de los treinta. Tras establecerse en Londres, viró hacia un anticomunismo militante y puso fin a sus días, aquejado de una leucemia incurable, en un hotel de Londres cuando contaba ya con casi setenta y ocho años.

Koestler fue un superviviente que, como señala Freire, no paró de equivocarse durante una gran parte de su vida. Una vida que estuvo marcada por la necesidad de encontrar un sentido de pertenencia y de creer en algo, quizá fruto de su desgraciada infancia con Adele Jeiteles, una madre que nunca le demostró demasiado afecto y al que crió siguiendo un frío modelo victoriano, y de un padre ausente que tampoco se preocupó mucho por el niño. Un joven al que solo su abuelo, un misterioso Leopold Kösztler que llegó a Hungría en torno a 1860 sin explicar nunca de dónde, trató con afecto. Una búsqueda de una fe que volcó en diversas ideologías y que, en el caso del comunismo, le funcionó durante un tiempo, aunque el desengaño final fue monumental y marcó para él el resto de su vida. Y es que, como señala en su autobiografía: «Fui hacia el comunismo como quien va hacia un manantial de agua fresca y dejé el comunismo como quien se arrastra fuera de las aguas emponzoñadas de un río cubiertas por los restos y desechos de ciudades inundadas y por cadáveres de ahogados».

Un buen aviso para todos aquellos que, en los albores del siglo xxi, siguen buscando respuestas absolutas en un mundo lleno de matices.●

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