La mirada inquieta y lúdica menos conocida de la poeta polaca

«Prosas reunidas», de Wisława Szymborska

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«Blumen». // Autor: Falk Lademann.

Han llegado hasta mí las Prosas reunidas (Ediciones Malpaso, 2017) de Wisława Szymborska (Bnin, Polonia, 1923-2012), una recopilación de reseñas sobre libros que la escritora polaca fue publicando en semanarios locales desde 1967 hasta el año 2000. Bien es verdad que Szymborska es conocida por su poesía, premiada con el Nobel en 1996, y que sin este galardón, que propició la traducción de su obra al español, quizá no hubiéramos accedido a sus artículos y textos ensayísticos, indiscutiblemente relacionados pero accesorios a sus poemas.

Digo relacionados porque la crítica coincide en caracterizar la poesía de Szymborska como sencilla, irónica y reflexiva, sin atisbo de solemnidad: «No es una poesía destinada a las élites de la lírica», escribe el prologuista y traductor del volumen Manuel Bellmut Serrano, «sino un punto de encuentro para gente corriente». Y lo mismo puede decirse de sus reseñas de libros, a medio camino entre la opinión y la reflexión, deudoras de la visión del arte que subsiste en su obra poética y que podríamos definir como «humanismo revestido de ironía». Efectivamente, Szymborska «trata cautamente de evitar las grandes frases y las grandes aseveraciones y prefiere las contradicciones a las verdades generalmente aceptadas».

También hablaba de textos accesorios en el sentido de que estas prosas vienen a ensanchar y completar la búsqueda de respuestas inherente a toda su producción, el anhelo irresoluble por conocer. Según Care Santos, «Wisława tiene una lista con preguntas cuyas respuestas nunca alcanzará a saber». He aquí la clave de su escritura, siempre perpleja ante el mundo, «pues seguimos cultivando dentro de nuestro afligido corazoncito la antigua ambición de intentar entenderlo todo, aunque sea de manera general», como escribe Szymborska.

¿Qué tipo de libros se reseñan en Prosas reunidas? La escritora reconoce sentir apego por «los no valorados, los no discutidos y los no recomendados», y a ellos dedica su atención a lo largo de las más de 500 páginas de un volumen que en realidad reúne tres compilaciones previas: Lecturas no obligatorias, Otras lecturas no obligatorias y Más lecturas no obligatorias. Son títulos más que reveladores de la autoconsciencia irónica con la que Szymborska encara sus propias reflexiones.

¿Hay razón para elegir estos libros? Cuenta Szymborska: «En cierta ocasión, me preguntaron en uno de esos encuentros con el autor por qué no escribía sobre las bellas letras en lugar de ocuparme de analizar libros de divulgación científica o guías de todo tipo». La poeta se justifica a su estilo: «Creo que leer es el pasatiempo más hermoso creado por la humanidad». Un juego creado por y para el Homo ludens, quien «con un libro es libre. Al menos, tan libre como él mismo sea capaz de serlo. Él fija las reglas del juego, subordinado únicamente a su propia curiosidad». Esta idea de lo lúdico ya se encuentra en las tesis de Gadamer expresadas en Verdad y método.

Esto es, Szymborska se sirve del juego para pensar sobre los más variados libros. No hay pretensión de objetividad ni conclusión final, sino una puesta en cuestión de las propias capacidades, del propio conocimiento. Sutilmente, pretende que los lectores participemos en su juego, arrastrarnos al escepticismo lúdico que caracteriza su mundo: «Espero que no tengan a mal que hable aquí de tales cosas en lugar de, como corresponde a una poeta lírica, discutir sobre los asuntos del alma».

En sus reseñas, Szymborska conserva casi intacta una disposición natural a divertirse, a hablar, dicho de forma rápida, de lo que le da la real gana. Y este es el enfoque que debemos adoptar al leer sus Prosas reunidas; que nadie espere una reseña o una crítica académica: «Todo lo que diré a partir de este momento no será, así pues, una valoración de la obra anteriormente mencionada, sino una explicación de por qué soy incapaz de valorarla». Con esta disposición, se entiende que se atreva a aventurarse en terrenos tan alejados como la geología, la biología, la música, el yoga, la historia universal, la física o los alfabetos ajenos y que no haga ascos a reseñar títulos tan variopintos como Calendario de pared para el año 1973, La vida cotidiana en el Congo durante los siglos xvi y xvii, La poesía armenia antigua o De la piña a la patata: glosario de productos alimenticios, que a simple vista echarían para atrás al lector más valiente.

Durante sus incursiones como lectora, Szymborska va delineando un pensamiento propio que a los seguidores de su poesía les servirá para profundizar en ella, pero que el lector neutro también encontrará atractivo por la modesta brillantez de sus textos, por el alegre caos que reina en ellos, la mezcla de broma y reflexión, de escepticismo y de defensa estética, de misterio, de clarividencia y de ingenuidad: «Yo todavía no me he acostumbrado a la normalidad, y cualquier puntualidad me deja felizmente atónita». Ante asuntos trascendentes, Szymborska prefiere mantener una equidistancia crítica —«opino que tanto la gravedad como el humor son igual de valiosos»—, tiende a desmitificar los sueños y los deseos humanos y duda del sentido final de la erudición, de los instintos, de las religiones o del canon:

Podemos imaginar perfectamente una antología universal que compile los más bellos poemas, entre los cuales tendría un lugar el teorema de Pitágoras. ¿Por qué no? Posee esa capacidad de revelar que es propia de la poesía, una forma que se reduce magistralmente a las palabras más necesarias, y una gracia que ni siquiera les es concedida a todos los poetas…

A su vez, reniega de las imposiciones sociales —«Un momento. ¿Qué se supone que estoy haciendo? Me estoy dejando arrastrar por un juego un tanto equívoco»— y despliega todo el sarcasmo contra los dogmas de las élites, el gusto burgués y la vida elevada. Ataca sin reservas todo comportamiento que esté «empezando a embrutecer nuestra forma de mirar» y se afana en rescatar «lo extraño, misterioso y amoral» que «puede estar sucediendo en este ordinario mundo nuestro», pero siendo consciente en todo momento de las contradicciones humanas —«El precio a pagar por la consecuencia intelectual siempre es cierto grado de obcecación»— y personales —«Las personas sin defectos provocan desconfianza en el lector de hoy, quien se los imagina haciendo cosas mucho peores»—.

En Prosas reunidas, Szymborska se sumerge en el vasto arsenal del conocimiento humano pero respetando el contexto y los valores intelectuales. Y es que, ante las diatribas históricas, «nosotros no contamos. Nosotros, los mirones, no contamos». La escritora polaca no juzga sin jugar; o mejor, juzga jugando, como la manera más adecuada de recrear sus conflictos e intuiciones personales. «Y con esto terminaré, sin haber llegado a ninguna conclusión».●

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